LA TABERNA DE BABEL

 

Paris, vale un arrojo.

 París es, sin temor de caer en exageraciones, un destino que cualquiera que se llame viajero, trotamundos o conocedor debe tener en su inventario de lugares visitados o por visitar, y es que la Ciudad Luz seduce a primera vista por sus historias, por su romanticismo, por su elegancia, por su extravagancia, por su eclecticismo, pero también porque puede convertirse, en lo que cada viajante busca.

 Ir a París siempre es una buena idea. Todo terrestre ha visto, alguna vez en su vida, una película que tenga como escenario ésta hermosa ciudad, aquí se han filmado, desde los hermanos Lumiére hasta los directores de los cortes de “Je t’aime Paris”, alrededor de seiscientas películas; es la cuna del cine y su escenario por excelencia.  ¡Vamos! incluso Superman protagonizo un encuentro de fantasía en la Torre Eiffel, monumento que ocupa el top de la lista de preferencias turísticas en el orbe, pues a pesar de su aspecto férreo, otorga un paisaje extraordinario al valle parisino.

La tierra de Victor Hugo y de Carla Bruni es, en efecto, una tierra que cautiva no sólo por sus museos, monumentos, quartiers y escenarios urbanos, sino además por ser glamorosa pero simple, romántica pero lujuriosa, tradicional pero intrigante, gourmet pero accesible. Que ¿cómo lo logra? no hay nada que se le asemeje, no hay respuesta para eso, solo lo saben los que se atreven a arrojarse a sus calles.

Un buen día, un profesor al que quiero y admiro, me dijo, con voz de quien sabe-exactamente-lo-que-dice, que “el mundo no se ve igual a los dieciocho años que a los treinta”. En ese momento, ésta que les escribe, se graduaba del bachillerato y estuvo un par de años sin pensar en esa sentencia y de repente un día, así, sin más, la recordé y tomé un vuelo a Francia, con algunos euros cambiados en el aeropuerto, una maleta azul y un par de sueños. Nada me ha hecho más feliz que haber hecho tal cosa, a pesar de los cantares maternos, a pesar de las limitaciones financieras y a pesar del miedo a abandonar la cotidianidad, sabía que no sería pionera y tampoco cerraría el ciclo de chiflados que hacen este tipo de cosas; por Paris se han sacrificado muchos, incluso Enrique IV, quien para acceder al trono francés tuvo que convertirse al catolicismo, porque es cierto: “Paris bien vale una misa”.

Hay instantes que tatúan tu futuro, a los 20 años esa ciudad te marca irreversiblemente porque te ofrece vida y muerte, todo se puede encontrar en Paris: inspiración en el barrio de Montmartre, amor al lado del Sena, pasión en los alrededores del Moulin Rouge, descanso en los jardines de Tulleries,  sabor en el Barrio Latino, pláticas exquisitas en los Campos Elíseos, caminatas interminables en el Louvre, insinuación en sus numerosos jardines, placer en el Gerorges Pompidou, todo en poco menos de ciento seis kilómetros cuadrados.

La juventud no es fácil lo afirme quien lo afirme, es momento de definiciones. Esto no es una guía turística, es una invitación a que busques otros cielos u otros antros, a que conozcas la sabiduría de otras culturas, explores el arte medieval o el contemporáneo y a nombrarte sin temores mujer u hombre de horizontes.

Paris es una gran opción, puedes irte de pata de perro a Europa un rato, con una beca, con una ilusión, con un trabajo, con una novia; no lo dejes de hacer; porque mira, cuando seas mayor, tengas la edad de tus padres y tengas los recursos para darte unas vacaciones del otro lado del charco, te sentarás en un café de Saint-Germain de Prés y así sentado, te preguntaras que locuras habrías hecho en esas latitudes, a esa misma hora, quince años antes.

 Neta, Paris bien vale una apuesta, Hemingway lo comprendía «Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas a donde vayas, todo el resto de tu vida…París es una fiesta que nos sigue».

Por Yetel Vázquez Martínez

 Past President 07-08 * Club Rotaract Puebla de los Ángeles * Dto. 4180 México

~ por angymon82 en septiembre 25, 2008.

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